sábado, 30 de novembro de 2019

No aniversário dele. Do Fernando Pessoa.




Sucedem-se os dias numa roda-viva
Que gira, numa vertigem sem fim
E, se para o girar procuramos saída,
Tudo em nós fica em forma d’assim

Nos enleios de coisa nenhuma
Que o dia-a-dia sempre nos dá
Esfiam-se os sonhos, a espuma
Que, sem sal nem cal, é consagra

Da a uma estátua de um deus cego
Em cujos olhos varados um fundo
De resina acre, porém doce Quieto

Um milhafre tomba já defunto
Exangue de todo o cansaço, pretérito
Num calmo sossego d’um sono profundo

Ponta Delgada, 2019-11-30

quinta-feira, 14 de novembro de 2019

Correio literário, ou como chegar a ser (ou não chegar a ser) escritor, Wisława Szymborska


Durante várias décadas, Wisława Szymborska pertenceu à redação do semanário Zycie literackie (Vida literária) onde selecionava textos de autores polacos para publicação.

Eis uma generosa amostra (selecionada por João Luís Barreto Guimarães) de algumas das respostas que deu, anonimamente, a jovens autores cujos textos, por diferentes razões, decidiu não publicar.































"Correo Literario" o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, de Wisława Szymborska

Nórdica Libros edita una recopilación de recomendaciones de la premio Nobel de literatura polaca a potenciales autores

A la poeta Wisława Szymborska, premio Nobel de Literatura en 1996, no le gustaban las poéticas ni escribir sobre poesía. Sin embargo, en los años 60 hizo numerosas recomendaciones literarias a los aspirantes a autor que enviaban sus obras a la revista “Vida Literaria”. Ahora podemos conocer dichas recomendaciones gracias a una recopilación de Nórdica Libros, publicada bajo el título de “Correo Literario”. Por Carmen Anisa.

“El manitas debe nacer; no es posible convertirse en uno de ellos, así, de repente, cuando ya se tiene una edad”, escribía Wisława Szymborska en “Los manitas”, una de sus Lecturas no obligatorias.

Algo similar podría aplicarse a los poetas y a los escritores en general. Hay personas que nacen con talento para la literatura y personas que no. Por mucho que nos empeñemos en asistir a talleres literarios y cursos de escritura creativa, o en leer libros sobre cómo se escribe un relato, no nos servirá de nada si no existe esa condición previa cuyo origen se halla en la  caprichosa genética, que reparte sus dones de manera bastante aleatoria.

Eso no quiere decir que aquellas personas a las que les guste escribir como una forma de expresarse, de organizar sus ideas y su mundo interior, vayan a dejar de hacerlo. Pero seguro que disfrutarán más si son conscientes de que nunca llegarán a ser un Borges o un Federico García Lorca. Probablemente, si los talleres y cursos están impartidos por buenos profesores, con sensibilidad artística, los alumnos acabarán siendo mejores lectores, perspicaces, atentos a los detalles y al estilo.

Además tendrán la ocasión de conversar sobre libros y poesía, sin que nadie los tome por gente rara, que se lo pasa muy bien hablando de cosas como la estructura de “Las moscas” de Horacio Quiroga o del poema “Amor feliz” de Wisława Szymborska; pues, como ella misma escribe, “hablar de libros es algo necesario”.

“El camino al Parnaso está abierto para todo el mundo. En apariencia, claro está, porque, a fin de cuentas, lo que decide aquí es la genética”, leemos en Correo Literario o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor (Nórdica Libros, 2018), una recopilación de textos que Szymborska escribió para la revista polaca Vida Literaria, que nace en 1951 y a cuyo consejo de redacción perteneció desde 1953 hasta 1981. En 1960 aparece la sección, “Correo literario”, en la que dos redactores, uno de ellos Szymborska, responderán a los lectores que envían sus obras a la revista para que sean publicadas.

A Wisława Szymborska no le gustaban las poéticas ni escribir acerca de la poesía. Sin embargo, como señalan los traductores Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz, en Correo literario, “nos encontramos ante la mayor fuente de información sobre el concepto de literatura de Szymborska”.

Teresa Wallas, catedrática de Literatura polaca y gran amiga de Szymborska, se encargó de recopilar estos textos que se publicaron en el año 2000 en Polonia. Van precedidos de una conversación con la poeta, quien nos dice que la sensación que tiene al volver a leer la selección de Wallas es que “había más diversión que valores didácticos”.

Pero esto no es del todo cierto, porque bajo esa capa de humor e ironía, que tanto amamos en Wisława, subyacen ideas y conceptos muy serios. Todo un programa que alguien que quiera ser escritor debe tener en cuenta. Y algún que otro consejo como este, cuyo cumplimiento nos ahorrará más de un disgusto: “Sus poemas todavía deben quedarse en un cajón”. No obstante, si persistimos en nuestro empeño, habrá que cumplir con ciertas reglas. 

Primera regla: conocer las herramientas 

En más de una ocasión, las respuestas de Wisława Szymborska se refieren a la presentación de los escritos, la letra ilegible, los tachones; descuidos que no auguran nada bueno y que invitan, simplemente, a no leer. Son muy divertidas las referencias a las faltas de ortografía: “Es fundamental cambiar de bolígrafo. El que usted usa comete muchas faltas. Seguro que es extranjero”.

Acerca del desconocimiento de la gramática, prescribe a un futuro escritor: “Así que le recomendamos la gramática de la lengua polaca tres veces al día después de desayuno, comida y cena”.

Segunda regla: utilizar las herramientas de manera adecuada 

Podemos dominar bien las herramientas, pero eso no quiere decir que lleguemos a crear literatura. Ni siquiera el uso del lenguaje que consideramos más literario nos garantiza nada. Al contrario, pues los “poetas primerizos”: “Temen la más sencilla de las frases e intentan enmarañarla y complicarse la vida ellos mismos y complicársela a los demás”.

Abundan en el Correo literario las respuestas a aspirantes a escritores que envían  poemas trasnochados, cursis, de desesperación amorosa o de canto a la primavera. Algunos utilizan una rima machacona  a costa de buscar palabras imposibles; otros confunden el verso libre con escribir frases en distintos renglones. En una ocasión Wisława Szymborska responde:

La poesía (independientemente de las consideraciones que podamos hacer sobre ella) es, ha sido y será siempre un juego, y no existe un juego sin reglas. Es algo que los niños saben perfectamente. ¿Por qué lo olvidan los adultos?

Más de una vez, Wisława Szymborska aconseja que se siga escribiendo y leyendo, pero que se procure conseguir otro “oficio de provecho, al margen de la protección de las musas. Según tenemos noticia, son unas histéricas y las histéricas no son de fiar”.

Tercera regla: el talento como escritor o lector

El talento literario “no es un fenómeno de masas” y “la falta de talento literario no es ninguna deshonra”. Cuando en un correo le preguntan que cómo se llega a ser escritor, Szymborska responde:

La pregunta que nos hace usted es muy delicada. Es como cuando un niño le pregunta a su madre cómo se hacen los niños y la madre le dice que se lo explicará más tarde, que está muy ocupada, y el niño empieza a insistir: “Entonces explícame, aunque solo sea cómo se hace la cabeza: pues bien, hay que tener algo de talento”

En otra ocasión, un lector le escribe: “O me dan cierta esperanza –por mínima que sea– de ser publicado, o si no, al menos, cosuélenme”.  Y Wisława Szymborska lo consuela, claro:

Le espera a usted una vida fantástica, una vida de lector, y de lector de los mejores, de lector desinteresado; la vida de un amante de la literatura, un amante que será siempre el miembro más fuerte de la pareja, es decir, no el que tiene que conquistar, sino el conquistado.

Wisława Szymborska pretendía sobre todo no crear falsas expectativas, que aquellas personas a los que dirigía sus respuestas “anónimas”, pusieran los pies en la tierra:

Persiste todavía la romántica idea de que ser poeta es el mayor de los honores y un gran prestigio. En realidad, el mayor honor y el mayor prestigio es hacer de forma intachable lo que uno sabe hacer.

Fuera de toda regla: esa feliz casualidad 

“Quiere usted ser poeta pero no se fija en las cosas”, le dice Wisława Szymborska a un aspirante a escritor. Porque además del talento hay algo fundamental que convierte a una persona en poeta:

Un escritor se forma en su interior, en el corazón y en la cabeza: gracias a una innata (lo subrayamos, innata) predisposición a abstraerse, a vivir de forma emocional las cosas más pequeñas, a asombrarse incluso ante aquello que a los demás les parece normal.

Y quien tiene talento sabe que la inspiración no es suficiente, que deberá trabajar horas y horas hasta conseguir “perfeccionar los dictados del espíritu”. Entonces las palabras se unirán como si llevaran “siglos esperando encontrarse para construir un único todo indisoluble”. En una de las respuestas Wisława Szymborska nos desvela su idea de la poesía:

(La poesía) es una celebración, no se da todos los días, sino sólo muy de vez en cuando, es el fruto de un estado excepcional, una feliz casualidad. Ni siquiera los poetas con un gran bagaje literario están “habituados” a escribir poemas.  A no ser que ya no sean poetas.
Carmen Anisa, 2018-11-05


Wislawa Szymborka (2.7.1923, Kórnik - 1.2.2012, Cracóvia)
Poetisa e mulher de letras polaca, Wislawa Szymborska nasceu a 2 de julho de 1923 em Bnin, nas cercanias de Kornik. Acompanhou a família na sua mudança para Cracóvia em 1931.
Após um período difícil para a Polónia, invadida pelos alemães em 1939, a paz trouxe um novo alento a Szymborska, que, em 1945, não  pôde ingressar na Universidade de Jagelão, em Cracóvia, como estudante de Literatura Polaca e Sociologia, como também se estreou como poetisa, ao publicar o seu trecho "Szukam Slowa" num jornal proeminente.
Concluiu o seu primeiro livro em 1948, uma coletânea de poemas que não chegou a ser publicada,  que o regime comunista caracterizou o trabalho como demasiadamente burguês. Alterando o seu discurso, politizando-o, conseguiu dedilhar as tramas da censura, e publicou Dlagtego Zyjemy (1952, Por Isso Vivemos).
Contribuindo regularmente para a imprensa, Szymborska foi editora de poesia e colunista no semanário literário de Cracóvia, o Zycle Literackieentre 1953 e 1981. Traduziu também várias obras de poesia francesa, mas continuou no entanto a compor poesia, aparecendo com obras como Wolanie Do Yeti (1957, Apelo ao Yeti), em que se demarca dos ideais socialistas, e que lhe garante renome a nível internacional, e Sól (1962, Sal), em que exprime um certo pessimismo quanto ao futuro da humanidade, aliado a uma certa esperança nos poderes da imaginação, único meio para atingir uma parte da felicidade. De mencionar também as obras Wiersze Wybrane (1964), Sto Pociech (1967), Ludzie Na Moscie (1986) e Koniec I Poczatec (1993). Chwila surgiu em 2002, quando a poetisa contava  setenta e nove anos de idade. Alguns dos seus artigos periódicos foram compilados em Lektury Nadobowiazkowe (1973-81).
Laureada com inúmeros prémios literários, entre os quais se destacam o Goethe, em 1991, o Herder, em 1995 e, de maior relevo, o Prémio Nobel da Literatura em 1996, Szymborska recebeu um doutoramento em Honoris Causa pela Universidade de Poznán em 1995.
Wislawa Szymborska in Artigos de apoio Infopédia [em linha]. Porto: Porto Editora, 2003-2019. [consult. 2019-11-14]. Disponível na Internet: https://www.infopedia.pt/apoio/artigos/$wislawa-szymborska

PODERÁ TAMBÉM GOSTAR DE:


“A modo de nota de los traductores” e “Conversación sobre correo literário” in Correo literário, o cómo llegar a ser (o no llegar a ser) escritor, Wisława Szymborska. Tradução de Abel Murcia e Katarzyna Mołoniewicz. Nørdicalibros, 2018. Disponível em: http://www.elboomeran.com/upload/ficheros/obras/correo_literario.pdf

Número equivocado y otros poemas, Wislawa Szymborka. Santo Domingo - República Dominicana, Biblioteca Digital de Aquiles Julián, março de 2009, coleção “Muestrario de Poesía” n.º 39


Poesia, ironia e resistência. Wisława Szymborska olha para o totalitarismo”, Piotr Kilanowski, Qorpus, UFSC, 03.05.2017


sábado, 9 de novembro de 2019

Mapas o Assombro a Sombra, de Manuel Gusmão


por Eduardo Prado Coelho



NÓS NESTA PRAIA EM QUE O SÉCULO FINDA TEMOS SEDE

1. O segundo livro de poesia de Manuel Gusmão prova o que já sabíamos: estamos diante de um dos grandes nomes da nossa poesia contemporânea; e podemos encontrar aqui alguns dos poemas indiscutivelmente imprescindíveis em qualquer panorama da poesia portuguesa do século XX. Só certos aspetos da personalidade do autor (enorme discrição mediática, incansável empenhamento político, atitude exemplar de pedagogia universitária e imagem de crítico que ensaia passar para a criação) impediram até agora o reconhecimento plenamente adequado do seu trabalho poético. Mas a leitura de "Mapas o Assombro a Sombra" (Ed. Caminho) desfaz quaisquer dúvidas ou reticências.


Numa primeira aproximação somos sensíveis à complexidade de uma sintaxe que não hesita em mobilizar os mais diversos recursos: o jogo entre maiúsculas e minúsculas, a utilização dos dois pontos e do ponto e virgula (às vezes em situação de transporte), criando modalidades sempre desconcertantes de articulação ou sobreposição; um permanente deslizar de múltiplos planos que se relançam incessantemente ("É talvez que beleza seja / uma palavra que esconde uma outra"); o não hesitar em utilizar construções de aparência defeituosa (como nos versos anteriormente citados); o uso premeditado de ruturas tipográficas ("sagrad/ a fúria"); o diálogo permanente com interlocutores que se desdobram mas que convergem invariavelmente para um “tu" que se propõe como suporte da própria arquitetura poética ("Quem o quê tu?"); a utilização de vários idiomas ("Laura é a minha Beatrice, he said./ Ma io non sapeva"); a quase invisível mas incessante intertextualidade (de Camões a Sá de Miranda, de Ovídio e Lucrécio a Leopardi, de Ezra Pound a Dickson); a espantosa capacidade para integrar no fluxo poético as expressões mais polemicamente prosaicas (“Contra a enorme cegueira do ódio, contra o opressivo barulho e/ estúpido da ‘economia de mercado', canta").
Estamos assim diante de uma poesia de grande densidade de referências culturais, de imensa capacidade aulo-reflexiva, mas, ao mesmo tempo, pura, desinibida, frugal, cantante, fluente, contagiante e mágica. De um pudor extremo, cercada de palavras por todos os lados, mas também intensamente física, quase obscena ("fratura exposta ao assombro").
2. Mapas. No título e na capa: Theatrum orbis terrarum, Abraham Ortelius, 1570. Está certo: partindo muitas vezes das situações mais quotidianas (um quarto, um jardim, uma casa), esta poesia percorre, como botas que ela fosse de sete léguas cósmicas (e lembro aqui os admiráveis poemas sobre a infância: "as letras da noite, a mão do pai.// Ou então é o candeeiro sobre a mesa:/ aquecida a lâmpada, os peixes de cores/ começam o seu canto eletrificado. Começam/ a ondular à volta e sobre a flora colorida do fundo/ do mar, que roda em sentido contrário./ A velocidade crescente. Todas as cores.// Não é um aquário./ Não é um filme, Não é o fundo do mar.// Não é um sonho. É a noite do candeeiro / Como uma árvore que expande a folhagem/ o fósforo o néon o halogéneo aqui"), esta poesia percorre, repito, o mundo inteiro, a orbe terrestre: é “a forma expansiva da manhã".


Recordo que a pulsão cartográfica exige um olhar que se faça de cima, a distância da realidade, mas suficientemente perto para a poder reconhecer e reproduzir. Estamos num entredois, que impõe a experiência do voo. De Ovídio, nas "Metamorfoses", aqui presente e convocado, poder-se-á evocar Dédalo encerrado no labirinto do seu palácio de Minos (o tema do labirinto aqui também produtivo, embora por vezes na conotação positiva da (con)fusão amorosa: "Com as mãos/ perdidas desfazes a imagem à espera// que a parede se abra. Será a última/ parede do labirinto?"), mas também seu filho, Ícaro, a quem se recomenda que voe entre as ondas do mar e o Sol, mas não tão perto do Sol que a cera das asas se derreta. De igual modo o livro de Manuel Gusmão se equilibra entre a sombra e o assombro, investindo-se no tema do voo ou do salto (reminiscência possível de Carlos de Oliveira): "as mãos dançam no teatro da água/ sobem ao encontro da queda que voa".
3. Da compacta temática amorosa desta poesia, concentrada na teia de cumplicidades entre as mãos, os corpos e o mundo, acelerada pela cumplicidade das artes (a música, a literatura, o cinema, a pintura de um nome, o filme da música, o trabalho da mão mental: "a mão escreve na mente"), apurada na consciência de uma "alegria mortal", emerge o tema da construção do Terceiro, já introduzido desde o título no livro anterior: dois sóis, a rosa. Ou por outras palavras: "o brilho inapagável de um gesto suspenso/ e depois a bruma no lugar do rosto que lá não está/ não sabemos nunca como repetir tal brilho// nem como pedir-te essa metamorfose do terceiro corpo/ que voa oblíquo sobressalto destes dois nossos/ e incandesce no passado que toda a morte não promete."
Amor, ou poesia, ou o corpo pianista, ou o quadro, ou o filme, ou a luta pela liberdade. Em todas estas práticas – e o intransigente materialismo do autor, amante da manhã terrestre ("Não é o sagrado. É o fragmento de uma paisagem terrestre./ Há na música o modo da utopia que reconheces: é que// é aqui e agora") reconhecer-se-á na palavra "prática" – se constrói a arquitetura do mundo, isto é, as figuras do fogo, a praia, a manhã ("de repente a noite rasga-se e surge uma praia"). E "o que é esta praia Uma pausa na dança/ A anca no sono o espanto da dança" – "amigos não sabemos o que esta praia desata".
São estas "as manhãs da noite". Admiravelmente descritas na sua fragilidade e evidência, a evidência da alegria, mas sobretudo na sua contingência (à maneira de Althusser, um materialismo do aleatório, uma afirmação tanto mais (im)provável quanto mais contingente, uma prática do clinamen: "canta a contingência do comunismo que vem"). Porque nunca o Terceiro é o lugar da síntese. Se alguma coisa suporta esta tragicidade eufórica e partilhável, e partilhada, é o sentimento da incoincidência que legitima o prazer da repetição: "Mas há um intervalo e uma mudança de voz: aqui e agora não coincidem. E depois repetem-se noutra figura." Porque, como se diz admiravelmente no mais deleuziano dos versos humanos, "o atraso é/ uma diferença de velocidade nos mundos do mundo", e o homem é, ou está, estruturalmente em atraso: "Nunca chegarás à hora de nascer e contudo/ nasces. Nunca chegarás e isso dança. Isso chama por um nome/ qualquer, sem nome." E assim o assombro – um lugar precário onde se celebra a "ardente perfeição das coisas: "E/ cada coisa usa em seu redor a sombra/ como uma aura própria." E, portanto, quando a surpresa se declina, e sobre nós se inclina, a surpresa "não parece real: Esse é/ um dos espantos com o real. É que não se parece." Daí que as comparações possam ser simples paragens na alegria do aparecimento: “um avião belo como um avião".
4. Estes poemas foram escritos entre 1989 ("nós nesta praia em que o século finda temos sede") e 1993 ("à espera da manhã terrestre"). Segundo leio, a tiragem do livro é de 600 exemplares. Amigos da Caminho, ponham seis mil. E será pouco.

Nós nesta praia em que o século finda temos sede”, crónica de Eduardo Prado Coelho para o suplemento Leituras & Sons do jornal Público. Sábado, 23 de março de 1996, p. 12.


Nota:
Clinâmen: Do latim clināmen, «inlinação; pendor». Nome masculino. 1. FILOSOFIA teoria desenvolvida por Lucrécio a partir da doutrina de Epicuro, que consiste num desvio imprevisível dos átomos, causado por um pequeno movimento aleatório lateral 2. tendência de um escritor para se afastar da influência dos seus antecessores literários. (Fonte: https://www.infopedia.pt/dicionarios/lingua-portuguesa/clin%C3%A2men)



sexta-feira, 8 de novembro de 2019

Jacinto do Prado Coelho, por Eduardo Prado Coelho



TU

1. O recém-criado Instituto de Estudos Portugueses da Universidade Nova de Lisboa realizou na semana passada, nas instalações da Fundação Calouste Gulbenkian, um colóquio sobre "Os Sentidos e o Sentido", que constituiu simultaneamente uma homenagem a Jacinto do Prado Coelho. Deve-se a iniciativa a Ana Hatherly, apoiada por Silvina Rodrigues Lopes e Artur Anselmo. Na sessão inaugural, em que estiveram presentes o prof. Ferrer Correia, pela Fundação Calouste Gulbenkian, o dr. Ruy Vieira Néry, em representação do Ministério da Cultura, e responsáveis da Faculdade de Ciências Sociais e Humanas, ouviu-se uma mensagem de Manuel Maria Carrilho, atual ministro da Cultura, e houve intervenções de Ana Hatherly, Ferrer Correia, Ruy Néry, Eduardo Lourenço, Luciana Stegagno Picchio, Robert Bréchon, Maria Alzira Seixo e Onésimo [Teotónio] Almeida. Pediram-me também que falasse. Tentei falar -assim.
2. A primeira palavra é: obrigado. É a mais fácil, é a mais justa, é a mais espontânea.
Depois, as coisas complicam-se: como falar de Jacinoo do Prado Coelho – pai. Como Jacinto do Prado Coelho? Isto é, como um nome que se estabilizou, que se autonomizou, que se classicizou no âmbito dos estudos literários, dos estudos da literatura comparada, dos estudos de literatura portuguesa. Ou como pai? Como Jacinto do Prado Coelho, é possível um discurso sereno, reconhecido, de admiração e gratidão, de análise dos textos e do percurso. Um discurso que, imprescindível, parte no entanto do pressuposto de que alguém, ele, desapareceu.
No entanto, desde algumas semanas que uma frase se me impõe, obsessiva, dessas que se não apagam, sempre que penso escrever esta intervenção. A frase não é minha, disse-ma um amigo recentemente, um amigo abatido pela morte da mulher, que em Paris me contava como às vezes, diante da uma montra, ou ao olhar um livro, se esquecia de que ela tinha desaparecido, e começava a conversar. E ele dizia-me: ''É muito difícil fazer desaparecer uma pessoa."
É. É muito difícil fazer desaparecer uma pessoa. É preciso muito trabalho, e nunca se está certo de ter conseguido. Eu, por exemplo, se falar de Jacinto do Prado Coelho como pai estou certo de que ele não desapareceu. Que persiste como aquele resiste a ser apenas um nome estável de quem os outros falam. Ele, apenas.
Talvez contando seja mais fácil. Na memória mais antiga recordo o silêncio. "Não se pode fazer barulho", diziam-me, "o pai está a trabalhar". "Para a tese ", acrescentavam. Devia ser ainda Camilo, devia ser já Pessoa, mas foi sempre assim, pela vida fora. Eu brincava, lia imaginava batalhas, jogos de futebol, emissões radiofónicas, e à minha volta o silêncio do pai a escrever -nunca, ou raramente, à secretária, em sofás, com montes de papéis em redor, e livros pelas cadeiras. Aliás, os livros iam ficando em cima das cadeiras, disponíveis, e a minha mãe dizia -esta é talvez a segunda recordação –: “nesta casa ninguém se pode sentar". Todos os dias chegavam livros, a casa era invadida pelos livros, os livros devoravam os espaços e eu começava a ler os livros que devoravam os espaços, e lia ao acaso das cadeiras. Posso assim contar duas coisas mais: que o meu pai nunca impunha a leitura de um livro, lê este em vez daquele, e nunca desaconselhava a leitura de um livro. Deixava que as cadeiras decidissem – e eu lia. Lembro-me também dos alunos do pai, aqueles que o iam regularmente visitar e com quem eu ia falar às vezes à sala, e desses alunos, assistentes, amigos, havias dois que eram para mim os alunos do Pai: o David e o Urbano.
Lembro-me de que chegavam no correio uns cadernos de uma associação de amigos de Romain Rolland. E que chegavam livros da Galiza, que me irritavam, porque não os entendia bem. E que o meu pai com frequência falava de Montaigne. Mais tarde percebi que tudo isto traçava o retrato de um racionalista, de um humanista, de um cético, de um voluntarista Cético, sim, e ele explicava: “só sei que nada sei". Mas depois aderia a causas com uma quase ingenuidade, acreditando nos homens para além daquilo que me parecia razoável. Lembro-me de ele me levar ao futebol, mas ele só ia a jogos internacionais no Estádio do Jamor. E um dia, perante os gritos de ódio a que eu assisti, tinha dez anos, por causa de um árbitro que amplas massas qualificavam de "gatuno", eu perguntei a mim mesmo se os homens em quem ele, o pai, acreditava, eram os mesmos que vociferavam com os olhos em chamas. E sentia-o frágil, como se os livros fossem um lugar de fragilidade. E tinha vontade de o proteger no seu humanismo – para que ele não ficasse desiludido.
Lembro-me ainda de ele me dizer que desde os oito anos que não conhecia nenhum outro regime senão o de Salazar. Lembro-me do modo como apoiou as greves de 62, como ficou num carro durante a noitada [na] Cantina à espera que eu estivesse disponível para regressar a casa já de madrugada. Lembro-me ainda como, quando eu ficava encarregado de distribuir comunicados da RIA ou panfletos da Associação de Letras, ele queria acompanhar-me de carro, e ficava na esquina de faróis apagados, no escuro e no frio. Lembro-me de como aceitou sem qualquer reserva que o jornal AGORA dissesse que "o filho de Jacinto do Prado Coelho esconde panfletos no gabinete do pai na Faculdade" – o que era verdade, aliás. E eu tinha medo de que os estudantes fossem longe demais, e que um dia ele me dissesse: isto já não! Que aquele humanismo tivesse limites. Mas aparentemente não. Foi assim no 25 de Abril. Muitas vezes receei que episódios absurdos, como a ocupação dos gabinetes dos professores, lhe provocassem um "basta" indignado, mas isso nunca aconteceu. Cético, racionalista, humanista, tinha uma enorme capacidade de aceitar a diferença e a novidade. Um dia tremi, quando numa Assembleia Geral da Escola, um aluno (aliás, um amigo meu) se levantou e disse: "Ó Jacinto, tu..." Ele sorriu, e estranhamente ficou feliz.
Tu. Se refletir um pouco sobre o que se passava à minha volta em relação a ele, posso verificar que quase ninguém o tratava por tu. Nem eu. Só mais tarde a Alexandra, a neta. E que ele produzia uma espécie de distância, que vinha de ser pai para todos em todas as circunstâncias, mas eles, os que não eram filhos por não terem ido ao futebol com ele nem jogado ao berlinde no corredor da casa, sentiam o pai na distância absoluta de um Pai. Diziam: “vou falar ao teu pai, estou cheia de medo". Contudo, o meu pai tinha uma enorme nostalgia do tu, de uma fraternidade calorosa que o meio e a educação lhe tinham subtraído um pouco. Lembro-me de um dia, depois de uma crítica minha num jornal em que eu usara um tom extremamente feroz, me disse: "mais importante de que um livro ser bom ou mau é não magoarmos as pessoas. É tentarmos perceber o que elas pretendiam fazer". Daí que o título do livro que lhe foi oferecido (belissimamente inventado, dizem-me, por Margarida Barahona) – com um rosto na capa em que a doença criava, de ele a nós e de nós a ele, um sentimento de desamparo e aflição – estivesse certo: afeto às letras. Era um professor com a nostalgia do afeto, sempre me falou de Sebastião da Gama, sempre admirou o modo como a certa altura Lindley Cintra convivia com os alunos.
Poderia continuar indefinidamente, e contar, a partir dos contos que se desprendem da memória do meu pai nunca desaparecido, a minha história, a história de duas gerações e a história do mundo. Contar contando com os atropelos e as contradições de uma narrativa sonâmbula. Escolhendo a "via do conto", para seguir o conselho que um dia recebi do poeta Jacques Roubaud, quando ele escreveu: "se os mundos fossem contos, e os seus habitantes contadores, e não apenas os seus seres mas tudo, todas as coisas, todas a contar as suas histórias, contadas haveria lugar para mundos em que os contraditórios seriam verdadeiros, em que eu diria 'tu estás vivo, tu morreste', e rindo tu responderias".
Tu. Tu, pela primeira vez.


Tu”, crónica de Eduardo Prado Coelho para o suplemento Leituras do jornal Público. Sábado, 27 de janeiro de 1996, p. 12.

quarta-feira, 6 de novembro de 2019

David Mourão-Ferreira, um admirável leitor de poesia

por Eduardo Prado Coelho


UM ADMIRÁVEL LEITOR DE POESIA

1. Os primeiros versos eram assim: "Esse baixel nas praias derrotado / foi nas ondas Narciso presumido". Era um famoso soneto da Fénix Renascida, sobre a fragilidade da vida humana. Para nós, estudantes universitários de literatura, seria apenas mais um desses bordados barrocos em que o sentido se evaporava na acumulação das palavras. Foi então que o professor leu. Não leu apenas as palavras, leu verdadeiramente o poema. Melhor: não leu apenas um poema; disse-nos, através das palavras do poeta, toda a fragilidade da vida humana. Pouco a pouco, o texto poético transformava-se num quadro cheio de lugares vazios, que as palavras, inevitáveis, certeiras, absolutas, vinham preencher. Começámos a perceber que ler um poema não é envolvê-lo numa toada maís ou menos arfante e indiferenciada, mas um percurso inteligentemente preciso, em que a voz explicita as camadas de sentido, as suas flutuações, os pontos de equívoco e desequilíbrio. Começávamos a aprender a ler poesia – a ler verdadeiramente a poesia, isto é, essa linguagem de todos os dias subitamente intensificada para melhor se tornar cúmplice da intensidade que inconscientemente existe em nós próprios.
Depois, o professor começou a analisar o poema. Alguns, incuravelmente românticos, no sentido mais pejorativo da palavra, pensavam que um poema só existia como joia sagrada, flor selvagem, que se não pode tocar sem risco de destruição. É verdade que sendo a poesia o mais alto dizer, nas imediações do sublime (como o mesmo professor nos explicaria a propósito do Pseudo-Longino), nenhum dizer vai mais longe do que o do próprio poema. Mas essa altura e essa distância não nos são dadas à partida; pelo contrário, ganham-se no trabalho da leitura, constroem-se, adquirem-se.
O que o professor nos ensinava era precisamente o modo de construir em nós o poema que já existia antes de nós. Ensinava lendo, e ensinava pela análise do poema: a leitura oral do poema, na nitidez solar da voz, era apenas o resultado da leitura analítica do poema. Uma não ia sem a outra, leituras de uma só leitura.
O nome desse meu professor na Faculdade de Letras de Lisboa era David Mourão-Ferreira. Dos anos 60 até hoje, David continua a ser um admirável leitor de poesia.


2. Querem uma prova? É simples. Comprem um disco recente: poemas de David Mourão-Ferreira ditos pelo próprio, sob o título de Um monumento de palavras. São 35 poemas, traçando uma espécie de arco autobiográfico, escolhidos e "montados" com extrema inteligência, porque permitem a hábil dosagem de todas as dimensões essenciais da obra de David Mourão-Ferreira, segundo uma espécie de pulsação profunda que transforma estes textos numa espécie de poema único. Quase todos as poesias foram escolhidas na Obra Poética (1948/1988), na edição da Presença (curiosamente, o texto lido nem sempre corresponde à versão do texto escrito: é o caso do final da ''Xácara dos campos deElvas").
Uma nota de David Ferreira, filho do autor, e responsável por esta edição, esta "gravação doméstica", como ele próprio diz, explica-nos que o trabalho se realizou em casa do poeta, e por isso tem imperfeições. "Podem ouvir-se, aqui e além, uma folha de papel, o movimento na cadeira, um carro a passar lá fora ou o vento a entrar pelas frinchas da janela". Os leitores de David vão talvez lembrar-se: "Eram, na rua, passos de mulher. / Era o meu coração que os soletrava / Era na jarra, além do malmequer, / espectral o espinho de uma rosa brava… // … // Era o ladrar dos cães na vizinhança. Era, na sombra, um choro de criança.". Por isso, a cadeira, o carro, o papel e o vento, como no poema da Fénix Renascida, dizem apenas, e uma vez mais, a fragilidade da vida humana. Estão certos na gravação, como as palavras no texto. São o incessante ruído de fundo da nossa existência: "as cigarras de Cnossos", “este canto rouco rouco / das cigarras de Cnossos".
3. Os meus pais levavam-me a ouvir recitais de João Villaret. Era uma maneira de dizer que reconduzia o poema ao espaço do teatro, tornando-o dolorosamente palavroso e incomodativamente dramático. Veio depois o modo austero, a prática jansenista de inscrever o texto na voz, deixando todos os efeitos ao cuidado de quem escuta. É claro que há textos e textos, e nós percebemos que é mais fácil ler em voz alta Álvaro de Campos ou Alberto Caeiro (mais fácil, mas mais arriscado) do que ler Ricardo Reis. Luís Miguel Cintra, em múltiplas e modelares leituras de poetas clássicos e contemporâneos, tem escolhido a via intermédia entre a histeria e o recalcamento. No caso de David Mourão-Ferreira, o paradigma é o mesmo: essencial é que as palavras existam, uma a uma, sem falhas, sem esmagamentos; e depois é preciso que o som das palavras, o corpo sonoro das palavras, seja ele próprio significante e que isso passe através daquilo que se convencionou chamar "o grão da voz". Os grandes leitores são aqueles que sustentam na sua própria voz as configurações desse granulado semântico. Isso exige que se comece a aceitar a ideia de que uma poesia é habitada por vozes. Há poetas inteiramente áfonos, incapazes de dizerem os seus próprios poemas (ou massacrando-os horrivelmente). Com David Mourão-Ferreira, passe-se exatamente o contrário. A poesia circula entre o texto e a voz, entre a voz e o texto – é um escrever-dizer, é um dizer-viver (daí que o texto incorpore, como se fossem palavras, a cadeira e o papel, o carro e o vento).
Se David Mourão-Ferreira nos “explicava" tão bem o poema da Fénix Renascida, é porque tinha um visível prazer em encontrar uma espécie de geometria oculta, que se baseava no jogo dos quatro elementos (a água, o ar, a terra, o fogo). Qualquer leitor de David sabe que a sua poesia se constrói segundo figuras geométricas muito rigorosas, e que nesse trabalho repousa a grande sageza de saber encontrar a harmonia do mundo. Mas “nós temos cinco sentidos: / são dois pares e meio d'asas. // - Como quereis o equilíbrio?" Uma das extraordinárias lições da leitura que David Mourão-Ferreira faz dos seus próprios poemas é esta capacidade de desenhar na voz os diversos planos, criando perspetivas, estratos, patamares, simetrias, e, depois, de permitir que a voz transborde para o lado do excesso até se deixar sufocar numa espécie de crepitação noturna. Tomemos o exemplo a que já aludi do "Romance de Cnossos". O importante é que as seis vezes em que se dizem os versos “este canto rouco rouco / das cigarras de Cnossos" nunca sejam idênticas, e que pela voz se diga a diferença na repetição. O mesmo se poderia afirmar do magnífico poema que é "As últimas vontades". Aqui a expressão reiterada é "deixa ficar a flor". É o tipo de expressão que facilmente poderia convidar à "teatralização". David evita-a cuidadosamente. A leitura é uma oscilação extramente cautelosa entre uma certa coloquialidade e um retraimento da emoção mais óbvia. Um último exemplo: quando se escreve "que as espadas / de amor se cravem no teu ventre", há uma vacilação entre a metáfora mais pregnante, "as espadas de amor", e o efeito de transporte (“as espadas / de amor"), que permite ler "de amor" como um advérbio (que as espadas se cravem amorosamente no teu ventre). A leitura de David Mourão-Ferreira consegue com subtileza manter esta indecisão.
É por isso que este disco não é apenas a melhor iniciação à obra de um grande poeta. É também uma lição de ler e uma prova provada de que é preciso analisar primeiro para ler bem depois. A análise implica rigor, pudor, reserva, distância – tudo formas de intensificar as emoções. Porque "é quando o poeta menos grita / que mais se crê nas suas lágrimas". E fica isto, que já não é mau: a vida toda num monumento de palavras. Será que alguns julgam que as palavras são pouco, muito pouco, quase nada? Que importa? "Há de vir um Natal e será o primeiro / em que o Nada retome a cor do Infinito".

Um admirável leitor de poesia”, crónica de Eduardo Prado Coelho para o suplemento Leituras do jornal Público. Sábado, 30 de dezembro de 1995, p. 12.




CD-ÁUDIO

Título: Um monumento de palavras
Publicação: Portugal : EMI-Valentim de Carvalho, p1995
ISRC: EMI: 7243 8 36922 2 4
Descrição Física: 1 disco (CD) (58 min.) : stereo; 12 cm + folheto (30 p.)
Notas: Gravado por David Ferreira em Setembro e Outubro de 1995 em Cascais; No do Serviço de Aquisições e Tratamento Técnico
Cota: 690.FER.05805

FAIXAS / ÁUDIO
  1. Certidão de nascimento
  2. Dos anos 30
  3. Natal à beira-rio
  4. Casas caiadas
  5. Teoria das marés
  6. Prelúdio
  7. Encontro
  8. Aviso de mobilização
  9. Xácara dos campos de Elvas
  10. Grito
  11. Ternura
  12. Casa
  13. Retrato de rapariga
  14. Legenda
  15. Pervigilium Veneris
  16. Ilha
  17. Capital
  18. E por vezes
  19. Voto de Natal
  20. Preâmbulo
  21. Música de cama
  22. Momento
  23. Deriva
  24. Romance de Cnossos
  25. Axis mundi
  26. Bicho da terra
  27. Os ramos
  28. Segunda elegia de Natal
  29. As últimas vontades
  30. Entre a sombra e o corpo
  31. Crepúsculo
  32. Interior
  33. A meio da noite
  34. Ladaínha dos póstumos Natais
  35. Testamento